Me gustaría volver a pisar el terreno de la confianza plena.
Como cuando de niña me reía y me emocionaba por jugar el subibaja.
Es decir: la resbaladilla, el columpio, los trepadores... se juegan en solitario.
El subibaja y los giratorios son una experiencia colectiva, de las primeras.
El balance, el equilibrio, los turnos, pero sobre todo: la confianza.
Confianza en que el otro estará ahí para sostener el disfrute.
Después de la experiencia traumática de confiar en la sinceridad ajena
sin anticipar que hay intenciones tramposas cuya diversión se centra en el engaño
y el sufrimiento (propio y provocado),
creo que me cuesta creer en ese equilibrio mágico inicial.
No se me malentienda, no reniego haber subido antes...
lamento haber visto a los ojos la crueldad de propiciar una caída intencionada.
Todo mi peso sobre mí.
La ilusión, añicos en el piso.
Todos los días me digo que es mejor así, eliminar la ingenuidad que hay en mí.
Lo cierto, es que he luchado ferozmente para no corromperme en un mundo como este, sin importar las traiciones de las que he sido testigo.
Me gustaría decir que después de esos derrumbes estoy intacta, pero no es así.
Debo confesar que después de esos huesos rotos no me he atrevido a balancearme
de vuelta, no con la misma libertad.
Nuestros dolores son prisiones.
Extraño la simpleza de dejarse llevar, terminar estancada en la parte máxima sin miedo, sin paranoias de abrir bien el ojo para vigilar la maldad en caso de que haya subido conmigo.
Cuerpo tenso dispuesto a saltar sólo por si acaso: sospecha, corazón kamikaze....
¡No!
Inocencia pura, sólo risas, soltar el manubrio y extender las manos para visualizar el paisaje completo, arriba, tan arriba, reír, reír, reír a carcajada abierta, cerrar los ojos y dirigir los párpados al sol para ver los círculos naranjas, puntitos lilas, destellos azules, disfrutar el aire que sólo habita en las alturas.
Después hacer lo mismo por el otro: mancuerna eterna.
¡Te toca!
El placer de los vuelos mutuos.
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