Cuando satisfacemos,
creemos que rozamos la perfección.
La pulcritud: ser lo que quieres que sea
verme como quieres que me vea
moverme como quieres que me mueva
no romper el canon de tu expectativa
no salir de la definición que has hecho de mí.
Imperdonable romper la compostura
de tu deseo.
Pero, cuando complacemos
¿realmente a quién complacemos?
Y mejor,
¿para qué queremos encarnar una realidad
tan frígida e insípida en el ojo ajeno?
No hay un para qué genuino
quizá evitar un juicio duro
quizá postergar un rechazo germinado
quizá agradar al aplauso efímero.
No hay un para qué,
hay sobre todo un por qué:
porque se confunde la belleza
con una aberración profunda al error.
Al menos en la era del internet:
la exposición perpetua.
Para nuestra audiencia es importante
volverse un hoyo negro de encanto
que absorba todo lo que hay
en una habitación,
sin disculpas…
o algo así nos enseñó Brad Pitt
y Angelina Jolie.
No importa el ángulo:
una sonrisa sin papada,
un rostro sin acné,
un vientre sin grasa.
La perfección moderna
requiere trucos, farsas
y especialmente:
distancia.
¿Te sorprende que
vivamos en aislamientos perpetuos?
Por eso se inventaron los escenarios,
las pantallas y ahora los filtros.
Bueno, pero, ¿para qué queremos perfección
en nuestra vida?
Para ser bellxs
¿Y para qué queremos ser bellxs?
PARA SER AMADXS
El fin último de todos los bisturís
y torturas a la carne…
¡Quién lo diría!
es una caricia.
Sangrar para ser lamido.
O algo así.
Había una vez una muñeca de porcelana que no podía cantar ni bailar porque traía puesto un corsé para erradicar la gordura y la joroba. No podía besar porque traía metales en su dentadura. Mucho menos reír por el plástico inyectado entre los pliegues de sus labios y encías. No tomaba ni agua, ni café, ni cerveza para no manchar ni los vasos ni sus dientes ni su reputación. Antes de hablar, si es que lo hacía, ponía cuidadosamente un bozal a sus palabras para que no hirieran y repitieran en bucle lo que estaba en tendencia decir. Casi no tenía orgasmos, pero sí sabía lucir pornográficamente correcta según la propaganda. Nunca pensó en ser madre porque es lo peor para las estrías, los senos caídos…
Prefería las correas, frenos, fajas, jaulas, cadenas, ligas para no chorrear, para no embarrarse, para no desbordarse, para no romper la imagen ideal. Y lo lograba.
A esta muñeca la admiraban mucho.
¿Era feliz? ¡Claro que no!
Pero sí perfecta.
Y eso casi se parecía a la plenitud.

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