Los seres humanos somos repetitivos
y compulsivos por naturaleza.
Hay que realizar la misma tarea más de una vez
para sobrevivir, para obtener maestría
y para construir.
Es por eso que nuestra relación con Kairos
resulta inevitable:
los rituales son la primera piedra
de nuestra existencia.
Miramos los cielos, el mar,
las aves y los árboles
para comprender ciclos
que insisten en reaparecer.
Somos espirales respirando distinto,
pero igual hasta la eternidad.
Con este descubrimiento se inauguran dos tareas vitales:
Moldear el barro del tiempo con las manos;
amasar con fuerza el instante
hasta que lo áspero se vuelva suave.
Mantener el fuego de la hoguera vivo;
como un quehacer colectivo y pragmático
como una tarea personal y simbólica.
Estos dos propósitos divinos crean la vida cotidiana,
ese enigma moldeado por las circunstancias.
Es en la vida cotidiana,
lejos de los eventos tallados en piedra,
donde ocurre el pasar de los días y de nuestra vida.
¿Qué haces cuando no estás ardiendo?
¿Siempre estamos en estallidos
(de duelo, felicidad, realización…)? Quizá no.
Hoy quiero reivindicar el valor de lo insignificante:
del polvo, de la calma,
del descanso, del silencio, de la simpleza.
Lo que no está arriba ni abajo
sino en el discurrir eterno de nuestra experiencia
pero que no celebramos
y que nos negamos a ver.
Esos días que se convierten en vasijas
que contienen recuerdos aparentemente sin valor,
acumulados en años.
¿Quién nos enseñó a venerar el espectáculo?
Nadie habla de la belleza y la necesidad
que existe en la cordura del día a día.
Esa cordura que permite lavar los trastos
y pagar las cuentas.
Regar las plantas, barrer la acera.
Limpiar el rostro, preparar la cena.
Llamar al banco, pasear al perro, buscar al gato,
abrir las ventanas, cortarse el pelo,
limarse las uñas, mirarse al espejo.
Pensamos que los momentos importantes
son los trascendentales.
Mejor dicho, estamos obligados
a pensar que nuestra vida
debe componerse de momentos épicos:
viajar, construir una empresa, parir, graduarse,
rescatar pingüinos en el Himalaya,
descubrir la cura del cáncer,
comprar una casa, domesticar un Mamut…
El capitalismo y las redes sociales
nos exigen alimentar su algoritmo
con destellos impresionantes.
Para consumir
y para ser el mejor producto
¿de dónde viene esta necesidad enferma
y desesperada de demostrarnos
que nuestra vida es desorbitante?
¿cuándo se convirtió en obligación
vivir en periodos largos de éxtasis
donde debemos numerar y disecar
virtualmente cada uno de nuestros logros?
Y no cualquiera,
tiene que ser un suceso socialmente anhelado
que nos provoque FOMO,
que contenga brillantina
y pueda ponerse en una vitrina.
Esos hechos que por potencia
parecerían moldear nuestros destinos
y nuestra identidad.
¿No acaso la vida está en todos los rincones?
¿qué pasa con los sueños internos que nadie entendería?
Una vez encontré monedas en un teléfono público descompuesto
y lloré.
Otra vez me conmovió el vómito de un bebé.
Claro que hay eventos que merecen celebrase,
en nuestra narrativa.
No niego la existencia de lo extraordinario.
Hay momentos destacables
compuestos de potencia viva
en los que ya no hay marcha atrás: irremediables.
Lo que corrompe es la maquilación
a la que son sometidas los milagros.
Es también nuestro futuro
lavarnos 5 mil veces los dientes
o cagar otras tantas más.
También es parte de la epifanía ir al mercado,
sudar la almohada y salivar un mar.
La vida está también cuando trapeamos
o empezamos a dormitar.
Estoy un poco cansada
de la cultura de lo extraordinario.
Asqueada de levantar espectáculos.
¿Para quién?
Después de todo, un papel
es siempre una expresión pública
que se representa en relación con los demás
y que adopta un significado
y una validación en función
de cómo respondan los otros.
No veo necesario performar.
Últimamente he estado fascinada
por quien construye su vida
con un aburrimiento colosal.
Corazones transparentes
que no necesitan retoques en sus memorias.
No necesitan huir a ninguna parte.
Miran el polvo de las aceras agrietadas
con la misma fascinación
con la que mirarían una esfinge.
No hay distenciones cuando reina
una curiosidad inmensa: la sensibilidad.
Veo a los que buscan a Dios en un psiquiátrico.
A quienes encuentran lo sagrado
en cada detalle y cada movimiento.
Creadores que beben el café matutino
(en su taza de barro astillada)
como un ritual de dimensiones litúrgicas
(porque lo son).
Realidades en las que no tiene lugar
el photoshop narrativo
sino la lógica de la raíz:
alargarse despacio entre la tierra
para florecer con nada más que un pecho abierto.
Ningún ritual de la vida cotidiana es inocente:
existen las naves espaciales
pero también la pasta de dientes,
el jabón, los excusados y el tik tok.
Esta es la realidad que nos existe,
con sus exigencias históricas.
Lo analógico es la verdadera resistencia.
La política del Sistema Nervioso.
No necesitas lo extraordinario para certificar tu existencia.
Mira los hábitos que necesitas:
dormir, comer, platicar, abrazar…
Vuelve todos tus días un ritual.
Una rutina que te tome tiempo
y delicadeza realizar.
Abróchate el pantalón
como si fueras a una ceremonia.
Báñate con la seriedad
de tu propio bautismo.
Que todas tus comidas
sean un banquete.
Cepilla tus cabellos como hechizo.
Que cada diálogo sostenga un sentido.
Aprende a mirar la pared sin moverte.
Para cobijarse en la rutina
son necesarios los pequeños detalles:
quitarse el pijama, peinar los cabellos,
ponerse zapatos, empaparse de agua.
Pero para vivir es necesario desgarrar al significado
con todas las uñas, un desgarre feroz:
la batalla contra todo
lo que constantemente quiere asfixiarnos.
Y ya para callarme:
no eres quien dices ser
en las alfombras rojas.
Eres quien eres al despertar
y en el sostén de los días callados,
cuando no te queda nada
(ni testigos).
La vida, inexplicablemente,
aún y sobre todo en la nadería: es un milagro.

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