Ayer pensé la realidad.
Husmeé sus geometrías deformes
y miré claro sus colores.
Soy el testigo más fiel de todo lo que acontece.
Ayer salí de mi letargo,
y encontré que la verdad es inútil en la mortalidad.
Encontré tranquilamente
que ninguna cabe en la palma de mi mano.
Por eso no la busco.
Yo no hablo de verdades.
Ni de hechos. Ni de justicias,
No vine a hacer este mundo un lugar justo,
sino más bello.
El mejor tirano es la belleza.
No me parece bello el murmullo de la muchedumbre.
Resulta insoportablemente ruidoso.
Ensordecedor el tintineo de los slogan colgando de sus dientes:
que si creo en mi presidente,
que si ya disfruté el último caramelo cinematográfico,
que hay un nuevo sabor de helado,
otro centro comercial inaugurado,
otro mar explotado por el voyerismo existencial
y por cierto, otro puño de desaparecidos.
Que si me enteré de la inundación en Cuba,
que si sé cuántos se mueren de hambre,
y que si me indigné por el último bombardeo.
Para salvar al mundo hay que creer en él.
No quiero saber por el momento,
de sus dolores,
sus vidas,
sus violencias,
la mierda.
Para salvar al mundo hay que creer en él.
Y en las salvaciones.
Para mi creencia no hay remedio,
porque tampoco hay sufrimiento.
Mi conforme indiferencia pide que la dejen dormir.
Y ustedes quieren que grite: ¡ALIVIO!
Quieren alimentarse de mi esperanza.
Quieren que les dibuje un amanecer tembloroso,
a orillas de un tiempo más limpio.
Para salvar al mundo hay que creer en él.
Es imposible,
acercarse a lo que no se le tiene fe.
Hay que creer en el otro,
en su propia experiencia
para darle existencia.
Y quieren que grite: ¡CREO!
Creer en el mundo,
es vivir sus dolores.
El único dolor que me permito vivir
es mi propio lamento.
Lo único en lo que creo es en lo que siento.
Creo en el papel picado,
sacudido por el viento en día de muertos.
Creo en la lumbre de la vela
que encendí hoy.
Creo en la calidez del té de jengibre
que me acabo de preparar.
Vienen a preguntarme un diagnóstico del tiempo:
¿Cómo hace allá a fuera?
Vienen a preguntarme a mí,
una simple miseria mal cobijada.
-¿Qué cómo hace allá a fuera? - les digo
Pues saca la cabeza ¡Cobarde!
Mójate si llueve.
¿Por qué le tienen tanto miedo a sentir?
Yo miro,
pero no tengo por qué relatar lo que miro.
No soy ningún profeta.
Acaso de mi locura.
Ni soy visionaria de destinos.
A caso una augurera de los escenarios más trágicos.
Cómica por vocación.
Y me río. Me río.
De lo atrapados que estamos todos
en el tiempo de nuestros cuerpos.
Eso que llaman certeza,
me aterra que la exijan.
Que me sacudan
y la quieran desgarrar de mis entrañas.
Yo no creo en la caridad.
Ni en la certeza.
Y no las tengo.
¿No se dan cuenta?
A penas soy un imbécil,
que puede permanecer inmóvil
mirando la salida,
para no atravesarla.
¿No se dan cuenta?
Que mi egoísmo me lleva a la comodidad.
Malagradecida.
Obtengo lo que merezco
esta ignorancia
y esta soledad
que es muy mía.
¡Qué me importan las ideas!
Sí, leí a Kant
pero fue para reírme
no para pensar.
¡Qué me importan las ideas!
Si escucho las lenguas que hablan
es para distinguir a las que
sus propios dientes muerden.
Uno y sólo un descubrimiento me ha impresionado:
una ocasión,
frente a una ventana
atrapada en una fascinación estúpida y delirante,
miraba el cadáver de una mosca.
Vino a mí
un primer y único pensamiento:
"Oh vaya, ya ha pasado un día".
La mosca es la unidad mínima del tiempo.
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