En 1971, en una entrevista horrible, Salvador Dalí confesó la voluntad de no volver a pisar tierras mexicanas.
Palabras que sorprendieron a más de uno, pues fueron arrojadas durante su estancia acá; tajantes y definitivas.
«De ninguna manera volveré a México; no soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas»
Confesión que se repite como un eco en mi pecho. Por la sospecha y la alerta que me provoca pensar… ¿Cómo es que un pilar del surrealismo no soportó la realidad que habito?
El surrealismo
que cree en la existencia de otra realidad
que consta de plantear un mundo absurdo
ilógico.
Después del absurdo y lo ilógico sigue México.
Y allá los surrealistas no quieren ir.
¿Por qué?
Porque en México todo es posible,
no hay ninguna lógica a destruir.
No existe.
Así como las peores pesadillas se materializan también los milagros.
Basta abrir un periódico, mirar las noticias, oír la radio, escuchar las platicas vecinas:
•Mientras que la industria de alimentos vive por las certificaciones FDA, en México a un vendedor de papás ambulante le explota el tanque de gas en la cara. La gente vive, folla, vende, trabaja debajo y arriba de puentes; expuestos a la violencia, crimen y la desgracia.
Como este rostro chamuscado por $15 la bolsa.
•Una señora va a cerrar su tiendita que está en una esquina. Le pone el candado. Se da la vuelta para esperar el transporte. A dos pasos de su negocio. Dos pasos, quizá menos, vive a unas cuantas calles pero decide tomar el camión porque es noche y es mujer. Caminar sola no es opción. Aparece un automóvil a toda velocidad, el conductor es alcohólico crónico y un maleante, la estampa contra su propio local, la mata. ¿El asesino? tiene a familiares trabajando en el municipio.
Se mudó a otro estado.
•Una anciana que vive en el campo. Ahí donde hay árboles, soles anaranjados y silencios reparadores. Le abren la casa (ya ni me acuerdo cuántos hombres) la violan, la desangran, la desgarran, la manipulan, le quitan la vida y ni siquiera cubren su cuerpo.
•4 de Mayo. Despertamos con una imagen: un tren del metro partido en dos sobre el asfalto, un puente derrumbado, coches demolidos, llantos que ya ni mojan. ¿Seremos el único país que cree fervientemente que los puentes de paja resisten?
Entonces entiendo al extranjero que me hizo dudar y temer de mi realidad: el absurdo y el peligro no son las únicas formas de vivir como tampoco las de hacer arte.
Entiendo a Salvador Dalí. Poco se parecen unos cuantos relojes partidos y repartidos sobre el desierto a cuerpos arrojados sobre el asfalto.
Aún el más surrealista de los corazones intuye que no sólo se trata de la alegría por los colores y los sonidos sino de la certeza: si algún día tu madre, tu amiga, tu hijo desaparecen tendrás que rascar la tierra con tus propias uñas para encontrarlos. Sangrar con la aridez del suelo y la soledad. Hundirte en fosas.
Y tendrás que vivir.
Vivir a pesar de ello.
Como el señor que vende hot-dogs en Tijuana. Y que no paró de vender sólo porque hubiera cuerpos colgando de un puente. No puede dejar su puesto solo. Mientras los cadaveres se balancean la gente le pone mostaza a su pan y lo engulle.
Ya vendrán a bajarlos.
Porque acá la muerte es ya otro proceso burocrático: arbitrario, priveligiado y azaroso.
No existe naturalidad en ella.
Siempre es asesinato.
En México no hay separación clara entre el horror y la belleza.
Que es estar cercano a la vida; que nunca nos prometió paz, ni justicia ni bondades.
Aunque las exijamos.
El vértigo de existir.
En un mundo poblado de sueños.
En el surrealismo se sueña para crear la inocencia y la travesura.
Acá el sueño de la ambición domina.
Y por eso la sangre.
Si no fuese por la compañía, la risa, y la generosidad que nace del fango. Si no fuese porque estoy enamorada del caos. Si no fuese porque quiero bailar de esta manera.
Yo tampoco volvería.


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