Mis manos están manchadas de sangre,
alrededor de mí están apilados los cadáveres de todas las veces que he muerto.
Mi lengua se ha vuelto arena
y en el aire sólo pueden respirarse las cenizas volátiles de todo aquello
que tuvo que incendiarse para alumbrar.
Mi cuerpo está cansado de ese arrebato por correr
cuando la desesperación me parece estática.
He estado a punto de arrancarme los ojos
por todas las veces en las que el cielo los ha rechazado,
sin saber que fueron obligados a avanzar sin más luz que la del abismo.
Son un espectáculo grotesco
las ocasiones en las que debo danzar para aliviar las heridas de mis pies,
que surgen de la peregrinación interminable de mis pasos ascendiendo por el precipicio.
Observar
cómo arranco las costras que la canícula deja como rastro en cada cambio de piel,
cuando debo aullar para espantar los miedos nocturnos.
Me poseen esos arrebatos de correr sin detenerme para pretender que soy igual al viento,
saber que todo eso que no se desprende al avanzar: soy yo.
Viento otra forma de ser mar
(Bien otra forma de ser mal)
Observarme en estado natural es ver
contorsiones hechas por un ser primitivo,
gesticulaciones de quien no conoce el lenguaje,
un ser que no sabe qué hacer con el fuego.
Al mundo me lo como
crudo o lo incendio
crudo o lo incendio
crudo o lo incendio
crudo o lo incendio
crudo o lo incendio.

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