Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

MEDITACIÓN DE BANQUETA

Calle gris.

Nací y me crié en tierras cuyo nombre es el de un poeta. 
Nezahualcóyotl.
¡Y qué poeta!

¿Qué otro escondite podría ser el mío, si no es la palabra?
Es lo único que tengo,
la conexión de lo que soy con mi lengua.

Existe una configuración infinita de rostros,
de rostros que suspiran y anhelan.
Cuerpos caminantes.

Transitar por las noches las calles,
es poder ver esos andares cansados y pesados después de laborar.
Migrar de nuevo a casa.
Un largo trayecto 
con el gesto triste 
pero atento 
contra todo posible asalto.

No había otro modo, más que nacer aquí.

El meneo inconfundible del transporte público y el olor imparable de las alcantarillas.
Los montes de basura y mugre.
La periferia siempre ha sido el tapete de las grandes urbes,
donde se deposita todo lo que sobra y no quiere verse.

Volviendo a casa un día,
veo las caras que me acompañan en el momento,
junto a mí se sienta un hombre con aliento etílico que apenas puede sostenerse,
cuyo cuerpo se me encima con el vaivén de los frenos y los baches.
Frente a mí una adolescente embarazada.
Un hombre trajeado y gris con un lunar en la mejilla.
A mis costados dos personas platican, la mujer sospecha que su hijo es un drogadicto.
Su voz suena preocupada pero resignada. 
Su voz suena y nos arrulla a todos, 
los otros, 
testigos de lo que día a día vivimos.

Eso es lo más rico de nuestros hogares, los diálogos.
Ahí escuché que lo importante es tener llena la mesa 
y el corazón flameante,
que no hay que dejar a nadie pasar hambre,
que cuando se tiene se comparte,
que se va dando desconfiando.
Que las calles van rectas, 
para que todos estemos conectados. 

En la noche domina la luz neón,
morada, verde, azul y amarilla,
En la noche salen los niños a jugar futbol en las aceras
y a montar porterías con piedras,
a veces el balón es una botella.

Ahí escuché 
que conseguir un sueño 
depende del talento o la necedad.
Nada más.

Tierras cuyas venas son el ambulantaje,
y cuya gente siempre es sangre.
Lo que se oye, cómo se oye,
el olor, el color y el sabor.

No podría ser otro lugar que éste.

Lo más allá de lo real como éter de mi pensamiento.
Ciego, 
no por la mirada defectuosa sino por ausencia de luz, 
he aprendido a oír cómo los objetos hablan.
Lo que cada partícula flotante, 
de este movimiento que nos da existencia, 
tiene por decir.

Me parece que uno va vertiendo vida en todo lo que es 
hasta que se agota.
Agotarse es un acontecimiento maravilloso.

Mis ideas están cansadas pero el cuerpo no, 
como el de mi gente.
Que aún debe volver a sus hogares
con las luces encendidas aunque ya no sea tiempo
para seguir compartiendo, llorando,
riendo. 

El cuerpo, todo lo que nos da el cuerpo. ¡Y a qué precio!

No hay ojo que pueda visualizar mi latido,
oído que esté al tanto de mis desapariciones,
no conozco lengua tan suave como mis nalgas, 
ni compañía tan cálida como mi mirada.

Sin embargo, lo he encontrado todo.

He conocido tantas personas como las que me he permitido ser.

Desde los rostros derrotados hasta los inspirados. 
Desde las manos que hurtan hasta las que no descansan. 
Los corazones que ceden y los que transforman.

Todo posible en un cúmulo de techos,
inacabados, la mayoría de las veces.

En un cachito de carne, que respira, palpita y se expande.
Nunca sé cuándo es justo, necesario o ridículo sentirme miserable.
Pero sí sé cuándo ser agradecido.
Y con quién.
Cuándo entregarme.
Eso también lo he oído.

Ser y Estar es la única acción. 
Con suerte logra acompañarse de otras. 
Acompañarse, es entender la vida.

Esas son las coordenadas que habito.
Los faros que me alumbran.
Los caminos que transito.
Los transeúntes que deambulan. 
Las paredes que me cubren. 
Las muertes que me esperan.

Nezahualcóyotl, que significa: «coyote que ayuna» o «coyote hambriento»

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