Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Sepulturero.

El oficio del sepulturero es uno de los más nobles.
Con las manos teje la tierra que embalsama a los cuerpos inertes.
Son labios que no arrojan lamentaciones en los funerales.
Labios que no arrojan lamentos.
Dolores que no se sienten.


Lo más notorio, es su capacidad para ver la muerte.
Ver la muerte, incluso más allá del deseo.
Que no es cosa sencilla.
Dar por perdido, lo perdido.


Manos que no oran.
Orar es pedir,
y pedir es esperar.
La esperanza es el peor de todos los males,
de la desesperanza nacen los milagros.


El sepulturero es espectador de todas las despedidas.
Sabe cuál es el olor de la tierra que no es fértil al removerse.
Todas las crucifixiones son iguales.
Aunque hay Magdalenas que no lloran.


Yo he embalsamado a cuerpos que aún viven,
y he incinerado cualidades humanas invaluables
sólo por ponerles el rostro equivocado.
He momificado esperanzas deterioradas,
y con ello hundido mi libertad.
Me he asfixiado por respirar pura cosa muerta.


He sepultado lo vivo,
y he ungido lo fallecido.
Por eso admiro las manos de quien sepulta con sabiduría.
Qué bonito es un entierro.
Con las flores y los sollozos.


Yo creo en las fosas clandestinas y colectivas.
No frecuento cementerios.
Veces que llevo tiempo cargando semejante fardo,
hasta que el hedor y la inmovilidad me hacen sospechar
que sea un cadáver,
e improviso tumbas
que no cierro.


Yo nada más espero que se me muera otro amor,
otra vida,
otro deseo,
otra oportunidad,
otro miedo
para irlos a enterrar a todos juntos.


No extraño el sonido que hace una puerta al cerrarse.
No tengo ningún recuerdo de aquello que ya no es.
Soy asesina de lo simbólico.


No tengo piedad,
con aquello que doy por muerto.
Quizá por eso prolongo la vida,
y la veo en todas partes.

Tuve que hablar de mí
para invocar a la muerte y los desfallecidos.

Estoy cansada de salivarme las heridas.
Quizá podría corromperme y hablar de los días,
de lo que ocurre en Irán,
podría hacer un estudio meticuloso del sida,
o una opinión política de America Latina.

Pero siempre hablo de mí.
¿Por qué hablaría de la paz mundial, si puedo hablar de mí misma?
En mí, que existen todas las guerras y todas las paces.

El oficio del sepulturero es uno de los más nobles.
Son labios que no arrojan lamentaciones en los funerales.
Labios que no arrojan lamentos.
Dolores que no se sienten.
Manos que no oran.

Espectadores de todos los adioses.

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