Observación: para escribir la siguiente nota no se experimentó con ningún loco, monje o prisionero.
Libre de sufrimiento.
TIEMPO I
Este es un delirio dirigido que tiene lugar en una realidad: aquella en la que es posible el encierro.
No hablamos desde esta otra condición en la que las medidas sanitarias no detienen nuestras labores, pues el hambre nos aterra más que ser infectados. Tampoco hablamos desde esta otra realidad en la que distintos reproches podrían formar parte de este diálogo, como la tristeza de pedirle a la nana que se quede en casa para que no entre a la nuestra después de haber tomado el transporte público o una donde no dudaríamos en llorarnos el uno al otro todos los viajes que hemos cancelado prematuramente.
Nos comunicamos, y esto es una advertencia; desde esa realidad en la que existe la cuarentena en cuerpos que se sienten y cuestionan.
Una situación en la que es posible las precauciones y limitaciones derivadas de la responsabilidad social que nos exigen las instituciones de las que somos producto. Vigilarnos entre iguales.
TIEMPO II
La realidad COVID-19 se inaugura a principios del año 2020. La recomendación principal para no contagiarse y además evitar el colapso del sistema de Salud Pública es quedarse en casa. Se cierran locales, cafeterías, bibliotecas, antros, parques, corazones y todo aquello que pudiese estar abierto. Embarramos con sangre nuestras puertas y las cerramos esperando que la muerte no habite nuestros hogares.
Solo tras quedarnos privados del afuera, nos dimos cuenta de que existe uno.
La primer sorpresa fue el descubrimiento de las dimensiones espaciales: adentro y afuera. Es que estamos tan acostumbrados a verternos en el espacio público y vivirnos a través de otros que pocas veces miramos el espacio intimo. Nos huimos.
Aunque los primeros días intentamos meter el afuera en el adentro: (consumiendo y produciendo desde casa) no hubo más remedio que mirarse.
Las paredes se volvieron espejos y sin los pretextos que la prisa edifica, tuvimos que convivir con reflejos.
Una vez que entendimos que no podíamos salir de nuestro espacio próximo (ni de sus intimidades) le llamamos encierro.
TIEMPO III
Existen tres circunstancias en las que del mismo modo se vive y está presente el encierro.
Hablaremos de ellas porque son pieza clave para explicar cómo en esta cuarentena emergen de entre las sombras de la soledad y la incertidumbre,
tres figuras: el monje, el loco y el prisionero.
CONVENTO
Hay un encierro que es voluntario, un tipo de soledad que es invocada por el deseo de no contaminarse más.
Siguiendo la lógica de un virus que está en el afuera, el ermitaño busca no mantener el contacto con un mundo que está viciado y en decadencia.
Necesita alejar su cuerpo para poder encontrarse, sanarse y con suerte alcanzar lo divino.
Para muchos seres, la cuarentena fue el pretexto obligado para volver a llorar sobre sus sueños, las esperanzas y la idea de lo que es la vida.
Personas que fácilmente se adaptaron a un periodo silencioso de desaceleración y que prontamente se pusieron en contacto con su voz interna para replantear las preocupaciones cotidianas y alterar los sistemas de jerarquía. En estos cuerpos se respiró el alivio.
Un alivio proveniente quizá de una calma general esperada. Pues hay quiénes llevan preguntándose desde hace años si algo grande podría ocurrirle a la humanidad al grado de despertarla del adormecimiento tiránico por el que está sometida en la frivolidad del consumo, el entretenimiento, la crueldad, el conformismo y la ceguera voluntaria.
El monje es un personaje que renuncia al mundo, no porque no le interese sino por amor a él.
Se aleja para involucrarse. El monje ha renunciado a todas las batallas y está listo para su redención.
PSIQUIÁTRICO
Existen también aquellas situaciones en las que el encierro no es voluntario, sino sugerido u obligado.
Al loco se le encierra en primer lugar, para penalizarlo por evidenciar la fealdad de la humanidad al no saber controlarse para ser funcional.
La sociedad se pone a salvo a sí misma aislando al mal que reside en ese cuerpo impredecible.
El no-control es peligroso y amenazante. No adaptarse.
Al loco se le encierra en segundo lugar para sanarle.
Estar en un psiquiátrico es quedar a solas con el padecimiento, mirar genuinamente lo que nos enferma.
El encierro como método de cura es una costumbre que se remonta hasta la antigua Grecia, ahí los que presentaban una alteración en la psique eran enviados a cuevas en las que pasaban periodos grandes de aislamiento. Así la persona tenía tiempo para reconocer su dolor, nombrarlo, mirarle, afrontarlo y resolverlo. Una vez que el padecimiento obtenía una resolución o que el paciente recobraba fuerzas, recuperaba su libertad y volvía a la vida en sociedad.
Hay sufrimientos que no nombramos porque son vergonzosos, malignos, culposos; son realidades que nos rebasan.
Aún en la soledad puede haber evasión y nos negamos a reconocernos.
En los casos de resistencia, permanecer encerrado puede ser contraproducente pues veremos amplificarse los síntomas pero nunca encontraremos nuestra enfermedad.Es natural enfermar, pero no lo es permanecer enfermo.
Quien niega las realidades y las distorsiona para que su imagen resulte más amigable puede encontrarse en este tipo de encierro.
PRISIÓN
El tercer encierro tiene como raíz el castigo.
A la Iglesia se le ocurrió aplicar el encierro como sanción para aquellos que se equivocaran o cometieran el mal.
El aislamiento y la soledad le daría la oportunidad al culpable de reflexionar sobre sus acciones, aceptar la culpa y redimirse; aunque tuviera que morir para alcanzar el perdón. La prisión tiene la misma lógica que el psiquiátrico, aislar al cuerpo peligroso para la sociedad.
Dentro de sus celdas los prisioneros tienen espacio para la expiación y tienen tiempo para memorizar sus celdas; son las circunstancias adecuadas para fabricar obsesiones. A solas con su pecado el prisionero se lamenta, se arrepiente, se juzga y se delata; aunque en el dolor no sea posible la justicia.
Va poco a poco abandonándose en el monstruo que ha dibujado de sí mismo. Nunca hay paz ni libertad en las prisiones.
TIEMPO IV
Dentro del encierro propiciado por el COVID-19 podemos identificarnos con cualquiera de estos personajes. La decisión no será, por supuesto, definitiva. Habrá días que nos sepamos locos y nos dolamos, días en los que saldrá pus de las llagas que reviven de los pasados inalterables, días en los que, enfermos permanezcamos en cama y no probemos bocado, días en los que tengamos que alejarnos de los espejos y no lavemos nuestros dientes.
Habrá días en los que nos sintamos prisioneros, días en los que sintamos que no hay escapatoria y vaticinemos la condena que se aproxima al vivir los estragos que aún no conocemos, días en los que el arrepentimiento nos sobrepase y seamos culpables de todos los errores, incluso de aquellos que no nos pertenecen. Días en los que lo mejor será silenciar la imaginación.
Y días dorados, días gloriosos, en los que nos declaremos sabios, días en los que recorramos con lentitud la habitación y seamos capaces de apreciar todas las matices de luz, días en los que podremos apartar el polvo con nuestras respiraciones, días en los que florecerán todas las plantas que nuestra saliva toque, y donde el apetito será enorme.
Deseo que descubras que puedes desplazarte. Y que todas las formas son dignas de vivirse.
EPÍLOGO
Culturalmente vivimos un encierro abrupto e inesperado.
Muchas de las consecuencias son los malestares y miedos que hemos experimentado
(también revelaciones pero no nos sirven para incrementar el drama en este ultimo recorrido).
La premura de reabrir los espacios públicos, volver a montar las rutinas y olvidar lo sucedido para permanecer inalterados.
Culturalmente vivimos un encierro que resultó insoportable para la mayoría y que se manifestó en aullidos de desesperación, en llantos descontrolados, en reclamos e injurias. Un encierro que no terminó de encarnarse por buscar con despecho cualquier destello de enajenación, cualquier entretenimiento, el refugio del internet como otro exterior.
Esta desesperación proviene de no poder salir sin cubrebocas en público.
Pero qué hay de quienes no pueden amar en público.
Qué hay de otros encierros.
Los homosexuales, las lesbianas, las machorras, las vestidas, los sidosos, los negros, los idiotas, los adictos, las mujeres, los indígenas, los pobres, los nadie, los menos: los prisioneros de todas nuestras ideologías.
Hay otras formas encierro que también tiene como consecuencia la muerte si no se obedece.
Ojalá que pronto terminen todos los encierros, no sólo los nuestros.
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