Minerva, mi Minerva.
Sin ti soy más terrenal.
No es necesario que me mires
ni con el ojo de tu pensamiento.
Estoy bien. Extremadamente bien.
Tu ausencia me da calma.
A veces, pero sólo a veces.
He querido llorar
todo lo que no he podido decir.
Y me acuerdo de tus latidos.
Minerva,
ninguna indiferencia como la tuya.
El mundo no ha sido capaz de dañarme,
no como tu crueldad.
Minerva, oh Minerva.
Únicamente tú has sabido despertar mi maldad.
Tú siempre has querido la violencia
y sólo hay duraznos entre mis piernas.
Entonces violenta tuvo que ser mi boca,
y feroz mi pensamiento.
La guerra, Minerva, y el poder.
Afilada la intuición,
no me queda más que herirte.
La guerra, Minerva, la sabiduría y el poder.
Derrocaste mi soberbia, sí.
Pero mi imperio no está ahí.
Oh Minerva, mi Minerva.
Toda posible desnudez.
Fuiste tú, quien inauguró un vientre
en esta extensión de piel.
"Y el Verbo se hizo carne,
y habitó entre nosotros,
y vimos su gloria".
Y de pronto existió un apetito
en las entrañas.
Y ese fue el origen del deseo.
Mi deseo.
Te abriste paso entre las vísceras,
más nunca encontraste el corazón.
La guerra, Minerva, la sangre y la pasión.
Para desear es necesaria la nausea.
El hastío del hambre.
¿Es en verdad, tan necesario respirar?
Siempre he admirado de ti, la sabiduría, Minerva.
La expertez con la que parece que conoces el alma.
Pero ya no me intimida tu genialidad.
Ni me aprisiona tu perversión.
He descubierto que yo misma soy una esfinge.
Mi intimidad reclama,
descíframe o te devoro.
La guerra, Minerva, la brutalidad y el perdón.
Cuando nos conocimos,
no existía el erotismo.
Sólo nuestro egoísmo.
Cuando nos conocimos,
todo era para ti brillantina
y para mí, claridad.
Marcaste en mí la mentira a lengüetazos.
Yo no soy tan bondadosa.
Abrí con fuego una llaga eterna,
la virginidad.
¿Es la inocencia más débil que la falsedad?
No lo creo, Minerva.
Minerva, Minerva, mi Minerva.
Siempre fuiste dionisíaca.
Has tenido siempre que desbordarte para sentir.
Las estrategias caducas, Minerva, los siempres y la soledad.
¿Y no sabes estar viva a través del placer?
me cuestionas.
No. No sé estar en deuda.
El otro día, Minerva, te busqué en la vejez.
Pero no te encontré.
La maldita saciedad,
y la puta plenitud.
Lamento
Minerva
confesarte
que no sólo soy un miserable
capaz de traicionarse,
también un insatisfecho
y quejumbroso.
Por cierto Minerva,
la confesión sólo es posible en el amor.
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