Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Gallina negra

Hay algo que queda incrustado entre la lengua 
después de beber el agua que corre por Latinoamérica.
Es un embrujo.

Como dormir con los susurros que dejan los rezos de las abuelas.
Las abuelas que nos regalan todos los santos y todas las cruces
en las que no creemos,
pero que colgamos tras la puerta porque confiamos en su amor
que busca protegernos con sus oraciones.
Orar es pedir.
Y pedir es esperar.
Oran por nuestro bien, todo el bien.
Creemos en las oraciones de las abuelas
como creemos en su sabiduría al elegir los aguacates en el mercado.
Una fe ciega.
Que es la única posible en el amor.

A lo mejor orar sí es una vocación,
que muy pocos comprenden.
Mantener las palmas juntas y el pensamiento fijo.
Es otra manera de hacer fuego.
Nuestra relación con la lumbre es también muy íntima. Las velas nunca se encienden para alumbrar al vivo.
Con paciencia el fósforo arde y prende la mecha para todos los difuntos;
aunque no se crea,
sólo por si acaso,
por si acaso existiese la penumbra.
La luz es el suspiro y el calor que enviamos hasta la muerte,
que a lo mejor es fría y necesita aliento.
Esta compulsión por el cuidado y la unión aún más allá de la vida.
Eso es América Latina.

Aquí es posible una relación directa e irrepetible con la naturaleza:
la del pensamiento mágico.
La naturaleza es la divinidad.
El agua, el aire, las tierras y nuestros fuegos.
Animal, dios y humanidad, convergen.
Todo infierno es posible, toda gloria.
El punto más fértil del mundo. 
En esta tierra crece todo.
Hasta la pobreza.

Cuando el gallo canta a medio día, esperamos lluvia.
Si los perros aullan el peligro anda cerca.
Los caballos ven eclipses antes de que sucedan.
El tecolote canta, el indio muere.
Los peces atrapan enfermedades.
Manteca de cerdo.
Los animales están irrevocablemente unidos al destino.
Guardianes, protectores y adivinos.

Las plantas son el remedio más noble.
La selva en nuestros hogares.
Organizada en frascos.
La yema de huevo también se deposita en vidrio.

La gente enferma.
Espera a que el cuerpo grite lo que ha venido diciendo calmadamente el pensamiento.
Se recurre a la curandera,
experta en la conexión de los frágiles cuerpos.
No sólo sabe de plantas para los remedios.
El ritual primordial en todo evento curativo es la limpia. Las limpias son siempre un proceso de catarsis.
El llanto, los suspiros, el alivio, los olores, las danzas, los cantos, las oraciones, los azotes con las ramas, los descubrimientos y la clarividencia.
Revelan lo que el paciente ya sabía:
su vida actual lo está asesinando.

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