Sufro de una extraña condición,
en la que todas mis contradicciones
se ven involucradas.
Desde el día en que supe qué era lo que sentía
no pude dejar de llamarle por su nombre:
abulia,
anomia.
En días como hoy puedo sentir la psicosis permanente del mundo
y la mía.
Más de cerca, más real y más horripilante.
Comienza quieta y despacio,
la bolsa de aire en la cabeza,
luego todo es distinto.
La masa de entes se vuelve un océano de insanidades.
Se desdibuja cualquier rostro.
Todo movimiento me parece estúpido,
vulgar
e innecesario.
Toda voz me parece ruido excesivo
que nada comunica.
La farsa circula.
Semblantes apagados,
almas cansadas,
dolores expuestos.
Me causa náusea tanta piel lastimada.
Entes moribundos y extraños,
mutilados,
sangrantes,
hediondos
y deformes.
Los dientes se afilan y me cortan la palabra,
sólo sale un siseo
en representación del odio que me invade,
mis manos se tornan ásperas,
las llagas.
Es una mirada cínica
la que poseo para recorrer el mundo.
Cuando la sensación me cosquillea,
cuando la náusea comienza
a subir por el estómago,
trato de calmarla como quien evita el vómito:
tragándolo.
Me aferro a alguna idea.
¡¿Ideas?!
me digo,
es increíble seguir vivo
gracias a pura cosa muerta.
Hay ocasiones que ni siquiera pongo resistencia.
La mentira se hace visible.
El rechinar de dientes aparece.
Nuestras monstruosidades.
Y siento piedad,
piedad por lo sucio,
por el mal,
por lo desviado,
por la porquería.
Hasta que la podredumbre está cerca.
¡Haceros responsables de vuestra propia suciedad!
quise gritar
¡Maldita pulcritud!
¡Malditos los benditos que nos hacen desdichados!
¡Malditos los mendigos que exponen nuestra miseria!
¡He descubierto la farsa a la que se entregan!
quise gritar.
¡Pero yo no soy como ustedes,
no soy como ustedes,
yo no soy como ustedes!
quise implorar.
Quise rasgarme las ropas
y arrancarme la humanidad a rasguños,
para no ser como los otros.
Pero mi propia desesperación
me causó repulsión.
Entonces continué bajo esa forma.
Como el leproso,
caminé con mi hedor,
esparciendo pus donde me fuese posible.
Todo fue renegado,
maldito,
maltratado,
todo fue llevado a lo más bajo.
Todo fue vulgar,
todo fue tedio
y excremento.
¡Callaos!
quise gritar
Yo no....
Yo no....
Yo no....
Yo no...
Yo no…
y vino mi templanza,
la bondad.
La bondad que es mi condena
y siempre me adormece.
Qué dócil.
Vuelvo, a ser, amable.
No he aprendido a llorar con la luz encendida.
Sólo quiero ser buena.
Quiero ser buena,
quiero ser santa,
pura.
Digo esto mientras me hundo
en lo peor de mí misma.
Inmaculada podredumbre.
No quiero mal,
y por eso soy mi peor infierno.
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