Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Hablar como las manzanas.

Las ballenas se comunican con unos característicos cantos que ondulan en el rango de los 15-25 Hz.
En 1989,  un equipo de biólogos de Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI) detectaron un sonido inusual en el Pacífico Norte. 
Un canto de 52 Hz.
Ante su imposibilidad de comunicarse con las otras:
fue llamada <<la ballena más solitaria del mundo>>.

Yo soy esta narración.
Digo.
Y limito el espacio próximo en el que he de expandirme.
¿Para comunicarnos con todo aquello que vive y existe necesitamos voz?
La manzana, sin emitir palabra alguna, ha sido capaz de hablar de la gravedad, el pecado y el ingenio.
El silencio es toda venganza y toda gratitud.
Hay quienes prefieren despreciar a la verbalidad.
¡Y con mucha razón! 
Sin palabras no hay estafadores.
Entre tanto murmullo y lenguas descarriadas,
están esos seres que se manifiestan en la acción.
Con fortuna y casualidad fui testigo de uno:
Ximena.


Xime
Su compañía llegó a mí como un sentido de alarma. 
¡Esta  niña no habla!
La primera vez que nos sentamos frente a frente,
Xime estaba tan asustada como yo ante su silencio.
¡Hay que romper con su mutismo!
¡Despedazarlo!
La conversación fracasó en cada sesión que lo intentamos.
¿Y por qué lo intento?
Así que mejor hicimos origami.
Hagamos mariposas de papel, le dije.
Con tranquilidad montábamos una a una las figuras sobre la mesa.
Sólo se escuchaba el movimiento del papel y la respiración de una niña concentrada.
Un día rompió la calma diciendo:
Me gusta la gimnasia.
Y no volvió a hablar más.

Mejorar con las figuras de papel nos llevó a hablar de su autoestima.
Xime, ¿te acuerdas cuando decidiste hacer el pingüino que creíste que no podrías conseguir?
Asintió.
¿Y ahora que lo tienes entre las manos, qué crees?
-Que sí pude. Gracias por intentarlo tantas veces conmigo. Y no cambiar de figura esta vez.

Ese día, le pedí que detectara a todos los pingüinos de su vida.
Los escribió en su libreta.
Dibujamos uno grande en una hoja.
Tienes que ir de cacería, le dije.
Captura todos los pingüinos que abandonaste, Xime.


¡Ximena sigue sin hablar!
Durante meses hicimos miles de palabras con papel.
Y nadie lo notó.
Se tiene un permiso excesivo para ser despiadado con la juventud.
Siempre se exige el exceso, la alegría, la vitalidad, el éxito.
Cuánta crueldad.
No hables Xime, si no te da la gana.

Un día que pensábamos todas sus virtudes,
me detuvo en mi charlatanería hablada.
Y me dijo con sus pequeños labios llenos de ternura y valentía:
-¡Mira!
Por el patio dibujó una rutina de gimnasia con agilidad, firmeza y precisión.
Un dominio completo del espacio y de su cuerpo.
Terminó con los ojos cerrados y al abrirlos, me sonrió.
La elegancia del instante no me abandonó.
Seguí su propio consejo, y durante días, la miré.
En su círculo de amigos,
no hablaba mucho, 
cierto,  
pero cuando llegaba el juego Xime
sin decir más, 
giraba la cuerda, 
buscaba el balón,
era veloz, 
saltaba alto, 
metía gol.

Eso era,
a Xime no se le escucha, 
se le mira.
Ándate de cacería,
me dije.
Búscate a todas las Ximes de tu vida.

Deja un comentario