Sufro un tipo de afasia particular. Nunca digo lo que digo. Quiero decir que me es imposible comunicarme sin el equívoco. Hablar, para mí, es un acto fallido. No sé cómo expresar lo que siento, pero lo siento. Estoy sumergida en un mutismo estúpido de palabras con las que nunca digo lo que digo. Quiero decir mis latidos no se oyen. No hay una relación entre lo que pienso y digo. Ni entre lo que sueño y vivo. Hay que saber cómo decir lo que se quiere decir. Y mi lengua es más lenta que mi voluntad.
Lechugas delirantes. Piñatas descoloridas. Pasteles rancios. Dulces amargos. Dependencias dadas de alta. Sandías deprimidas.
La lluvia tampoco sabe hablar, me digo. Nada dice de su caída. Pero cae. Si hablo no soy yo. Porque yo nunca sé decir lo que pienso. No aprendí a hablar según el hágase mi voluntad. Escuchar es aceptar. Es un acto pasivo. Cómo voy a desear lo que no puedo nombrar. Nunca me he encontrado en el silencio de alguien más. Habla esquizofrénica. Una vez quise una nieve de limón. Pero me dieron un helado de chocolate. Por la supremacía de la leche sobre el agua en el sabor. Porque el chocolate es más valioso y refinado que el limón. Por la preferencia de lo dulce ante lo agrío. Y así se me fue toda la infancia. Entre helados de chocolate cuando yo sólo quería una nieve de limón. Ese fue el primer día en el que mi malestar comenzó. Pues no supe decir que no. Porque nunca digo lo que digo. Quiero decir, que no sé apalabrar mis deseos. Y hasta he dejado de desear. Nada más para no tener que decirlos. Y así se me va la vida. Entre malditos helados de chocolate que no me quería tragar.

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