(A mis pies,
tan salvajes y silenciosos
como sabios)
Voy a relatar cómo ninguno de mis caminos ha sido erróneo, sino acertado.
Incluso los abandonados.
Mis pies, pertenecen a ese grupo de sangrantes por errantes.
De los que se asumen perdidos por la certeza de que no hay espacio que les corresponda.
Cuando mis pies ensangrentados estuvieron a punto de pedir clemencia.
Lloré para limpiarlos,
sanaron.
Desde entonces no tienen piedad por ningún sendero.
Aprendieron de las víboras lo rastrero.
Los pies viento,
los descalzos,
los errantes y vagantes.
Se ven empujados una y otra vez a los precipicios de la desorientación.
Como si no pudieran pensar más que en el vértigo.
Hay dos riesgos en el andar nómada:
Caer en alguna trampa natural.
Arenas movedizas, pantanos, desiertos y tormentas.
Y aprender a salir de ellas.
Enseñarle a otros peripecias.
Explorar no es conquistar.
La ventaja de anunciar tierras desconocidas.
Pero que nadie quiere vagar.
Quieren transitar el alma humana con carreteras
y no entre selvas.
Ninguna orientación es útil para los sin rumbo.
En busca de una parcela de espacio en la que pueda sembrar.
Un árbol del que pueda aprovechar la sombra para mis duraznos.
Aún despreciando la calma, es lo único que anhelo.
El andar de los pies sin rumbo,
suena siempre a estampida,
como suenan las termitas al derribar edificaciones,
tambores primitivos en el preámbulo de guerra.
La batalla es constante
contra la vida depredadora,
el tiempo que devora
y la muerte carroñera
que se abalanza
sobre los cuerpos que se rinden.
Para los ambulantes no hay descanso,
ni dios que guíe su éxodo,
ni milagros que los resguarden de las lluvias.
Si en vida no hay refugio para nuestros dolores,
en la muerte ¿habrá tumba que entierre nuestros suspiros?
Seremos muertos sin flores,
eso es seguro,
almas sin rezos
llantos de olvido.
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