Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

El vendedor de maíz

—Verá usted, no llevo bastante tiempo lejos de casa como usted dice al mirar mi apariencia.
No entiendo a qué se refiere, mi hogar es todo aquel lugar al que llego con la disposición de estar. 
Ah, ¿qué no me cree?
Verá usted, es cierto que soy vendedor de maíz aunque nadie compra: sólo traen dinero, no la necesidad del producto de la tierra y así no puedo venderles. 
¿Quiere usted maíz o sólo trae con que pagarlo? 
¿Qué dice usted?
¿Qué moriré de hambre? 
Moriré como murió mi tata, 
como morirán mis hijos,
moriré como usted morirá, 
pero no de hambre.
Yo estoy satisfecho,
sólo se puede morir de muerte mientras se está vivo.
Además mi alimento es la palabra.
Ah, ¿qué no me cree?

Verá usted, 
en este costal llevo lenguaje.
Es mi carga y sólo puedo ofrecerle lo que llevo.
Tiene razón señor,
qué pobre diablo soy:
sólo tengo símbolos en un saco roto y gastado.
Dichoso usted que sólo se tiene a sí mismo.

Pero la palabra nunca muere. 
Ah, ¿qué no me cree?
Escuche usted al agua moverse entre las piedras, 
a las raíces brotar de la tierra, 
escuche usted el canto de las aves.

La palabra nunca muere.
Escuche usted al viento.

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