El momento,
mejor dicho,
la sensación de momentaneidad: efímera y vórtice;
resulta espantosa.
Espantosamente abrumadora.
Lo mejor que le pudo pasar a la humanidad,
después del fuego claro,
es la invención de la virtualidad.
Ahora todos somos hologramas,
y así se descansa un poco del cuerpo:
que siente y palpita,
que envejece y desea.
Se descansa del cuerpo y del momento.
Comprendo y resguardo
a los enganchados a un cuadrito de cristal.
Incluso, me permito ser uno.
Es irremediable no aferrarse.
Acá, somos esto, sólo pantallas.
Podría decirles que soy santo, mendigo o bandido.
Y ustedes y yo lo creeríamos.
En la virtualidad no se vigilan las manos.
Enganchados a un cuadrito de cristal porque no se sabe qué hacer con tanto presente.
Más que idiotizarse, con alguna nadería entretenida.
Un cuadrito de cristal que refrigera los momentos.
Refrigerador de momentos que van más allá de mí
y que no me pertenecen,
pero de los que puedo ser testigo;
la mayoría de las veces, involuntario.
Me gusta babear frente a la pantalla
sin parpadear ni respirar,
convertirme en binario,
babear capturada en el vaivén de alegrías y preocupaciones
que duran no más de 3 segundos.
Se trata de vivir los presentes que no son míos.
Poder dialogar con un otro: abismo problemático,
sin necesidad de lidiar con su intimidante
e invasiva presencia.
Del otro no necesito más que su imagen.
No necesitar estar ahí para estar.
Lo que se asemeja mucho al mecanismo de nuestra fantasía.
Dios, cómo he venerado a los rostros que se prestan a la ridiculez,
yo soy uno.
Y entre sonrisas y poses
recitamos bajito
un conjuro
para aliviar nuestro temor al olvido,
que es la muerte.
Con flash para que alumbre.
Como fogata o cigarrillo.
Es más redituable ser algoritmo que humano.
El humano se pudre bajo tierra.
El algoritmo se mantiene
como los cohetes que se pierden: basura cósmica.
Bien se sabe, mejor que la orgánica.
Domesticar al teclado,
a la red semántica que somos.
La virtualidad nos dice que rompe barreras del espacio-tiempo.
Lo cual es maravilloso,
triste y engañoso.
Desde nuestros retraimientos
enviar holas y hasta luegos.
El horror de que el cuadro se apague.
Con la oscuridad de la pantalla
viene la tiniebla: el pensamiento.
Vuelve el presente
y vuelve la certeza
de que estamos solos
navegando esta mortal experiencia.
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