Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

C a t a t o n i a

Existe una comparación entre la vida y el teatro,

por la puesta en escena dicen.

Pero si alguna analogía fuese posible,

hablaríamos de un pabellón.

Un pabellón psiquiátrico.

C A T A T O N I A

Nunca tuve problema con mi quietud.

Todo comenzó como una inocente confusión,

que casi me desintegra.

Ahora sé que mi postura es algo más que comodidad.

Un día, como cualquier otro, me encontraba inmóvil

observando a las moscas volar,

cuando una horda de seres grises se plantó frente a mí.

Y no paró de mirarme,

con curiosidad en un principio

luego con reprobación.

Mis piernas temblaron ante el escrutinio

y me derrumbé.

Mi posición para la mirada de esta gente

resultaba ridícula

y como quise que tuvieran razón

renuncié a mi reposo.

La caída

fue el preámbulo del movimiento

y la consecuencia de perder el equilibrio.

La caída 

fue pérdida

y redención.

Culpé a mis huesos tiesos

por semejante humillación.

Entonces me levanté

y pedí que me enseñaran a moverme.

A levantar los brazos para pedir,

a caminar para conseguir,

a matar para reír,

a salivar para gozar

y a trabajar para ser.

Todo esto imité,

me apropié de angustias ajenas

y encarné penas que no sentía.

Pobremente conquisté

toda actividad.

De manera risible lograba

igualar los gestos

y las zancadas 

de aquellas gentes que creí tan sabías.

Pues eran las responsables del mundo.

Miré sus trofeos

sus hogares

y sus sueños.

“De esto está hecha la realidad”

me dijeron.

Como yo creí,

debí esforzarme en aprender.

En someter a mis manos

y a arremeter 

contra mis latidos.

Respiraba con cuidado

para no hacer ruido.

Aprender la coreografía

donde se avanza a prisa

a penas teniendo consciencia

del cuerpo.

Según este mandato

hay que seguir

desde que despunte la mañana

hasta que el cansancio venza,

de manera que un día

simplemente

se desfallezca.

La jornada

de los útiles

que no paran

si no triunfan

en su juego.

El desvelo

me cubrió 

precipitadamente

para preguntarme

con infinita calma:

¿Te diviertes?

Lloré,

porque mis movimientos torpes

no obedecían a mis anhelos.

Quiero pasmarme 

ante la vida, le dije.

Verla cerca de nuevo

desde las respiraciones ruidosas

pero lentas.

La confesión

me hizo ver

mi equivocación

y me perdoné.

Que corran

los que necesitan espejos

porque son incapaces

de sentir cómo crecen sus cabellos.

Que corran

los que no pueden estar en silencio

porque no poseen ningún pensamiento

que lo  interrumpa.

Que corran

los que se asustan con los truenos

y no conocen para el miedo

ningún remedio.

Que corran

los que creen que alejándose de su tumba

se acercan más a la verdad.

Que no es más que una ficción

con ajustes y remiendos

para obtener ventajas y provecho.

Que corran

los que creen que corriendo

evitan estar muriendo.

Yo,

prefiero detenerme

para remover la tierra de mi sepultura

invocar al agua

y sembrar el trigo

o la vainilla.

No pasar hambre

por propia mano

y además oler las flores.

Ahora sé que mi postura 

no sólo es comodidad.

El mundo

nunca ha sido

mi forma de estar.

Ahora sé que las tumbas

llenas de arena y resequedad

son de aquellos que tienen prisa

por reinar

un exterior que los atormenta

hasta sangrar.

Que huyen

ignorando su mortalidad.

Y es tanta la lejanía

que confunden su insensibilidad

con plenitud.

Triste ataúd.

Ahora sé que 

no era grotesca

mi apariencia.

Que su mirada 

ocultaba

entre escarnio

una real intención.

La posesión de mis ojos,

pues a través de ellos

sus éxitos 

y temores

carecen de existencia.

Pues sin tanta urgencia

y con una simple lágrima

son capaces de configurar

un centenar de batallas

muchísimo más bellas

de las que podrían imaginar.

Sin parpadear

pueden relatar

vidas más extraordinarias

de las que han podido tramar

como victoria.

Vuelvo

despacio

a la parálisis

que me abraza.

No voy a permitir jamás

ni de nuevo

que se ría 

de mi rigidez

quien no

sabe ofrecer

secretos

íntimos

al sol.

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