Soy un topo.
Un ciego que escarba con sus uñas gastadas
para llegar al centro,
y de una buena vez: incendiarse.
No tener un pasado en el cual hundirse
ni algún futuro al que aferrarse,
es como ser un muerto en busca de ser embalsamado.
Un cadáver en busca de tierra.
Gritar para limitar los contornos de lo que somos
de lo contrario, desaparecer.
Se puede llegar a la desesperación antes que a la desesperanza.
La desesperación es exigir,
implorar,
palpar el miedo.
La desesperanza es liberarse por las posibilidades.
Encontrar hasta lo que no se necesita.
Si encuentra fuego,
no tiene urgencia de convertirlo en agua,
sino en vivirlo como fuego.
El desesperado exige lo que no tiene ni para sí mismo.
La desesperanza ofrece incluso lo que no fue dado,
y de ella se ha encariñado el vacío.
De la desesperanza surge el impulso del cansancio,
el movimiento de la indignación
y el destello del desengaño.
De la desesperanza proviene la fuerza para abofetear a la vida.
La voluntad de partirla en dos,
en cientos,
en mil pedazos.
Y el coraje de arrojarse a ella.
De la desesperanza nacen los milagros.
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