Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Crucifixión

Quiero poesía
quiero sangre,
quiero tu crucifixión.

Para que mis lágrimas toquen la tierra
y la humedezcan compadeciéndola
con un halo divino insobornable.


Quiero tu poesía
quiero tu sangre,
pero no quiero estar unida a ti.

Quiero que después de tan bello espectáculo
y después de haberte profanado,
pueda darme la media vuelta
marchándome con los ojos secos.

Quiero tu poesía, quiero tu sangre.
No, no la quiero.
No quiero tu palabra muerta.
No me pienses cariño,
en el pensamiento cabe tanto…
Y yo quiero un espacio privado. 
¡Dame tu alma!

Tu alma.
Tampoco la quiero.
Que después de este abucheo violento
no pueda contemplar tu rostro ensangrentado.
Ver las pústulas de mis manos.
Manos cansadas y heridas
por un deseo que no puede sostenerse.

Ningún dolor es espectáculo como el mío.
Y ni tus llagas ni tus llantos
me provocan tanta satisfacción como saberme
mártir de mi propia narrativa.


Quiero ser buena,
quiero ser santa,
pura.


Digo esto mientras me hundo en lo peor de mí misma.
Inmaculada podredumbre.
No quiero ningún mal,
y por eso soy mi peor infierno
.


No creo en salvaciones ni redenciones.
Esa obsesión por sanar.

Todas tus desesperanzas crujen en sus tumbas,
y sonrío tiernamente para evitar resurrecciones.

No podemos quedar atrapados en este purgatorio.
Seremos redentores, amor mío.
Y haremos que sucedan los milagros.
Vendrán a nosotros multitudes,
incrédulos ante nuestro paraíso.


Nos confesaremos en el altar
que levantaste a mis nalgas
y comulgaremos con la miel que untaste en mis senos.

El diablo de la realidad
nos persigue y atormenta con sus juegos.
No sabe que estamos bien librados,
pues mis gemidos son rezos.

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