Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Tele Videntes

Código de Barras
detrás de la nuca.

El mercado ha ido transformándose a través de los años,
no es de nuestro interés indagar en materia económica,
se trata de llegar a la idea que moldeó la publicidad actual.

La primera pregunta que hicieron los mercaderes fue:

«¿A quién voy a venderle este producto?»

Anteriormente los pueblos no se encontraban «comunicados» como lo «están» hoy en día,
por ello trazaron rutas de navegación y terrestres
para lograr un radio de alcance mayor en la distribución de las mercancías.

Saltándonos grandes trozos de historia, llegó la pregunta:
«¿Cómo voy a venderles este producto?»

La persuasión dirigida a la población consumidora fue la nueva cartografía
para lograr mayor alcance de ventas;
surgió la necesidad de divulgación,
el informar, la producción artística y el entretenimiento pasaron a segundo plano,
dándole lugar a la mercadotecnia cruda.
Que susurra a nuestros oídos todas las tentaciones.
Nuestra atención se sometió voluntariamente a su dominio.

Esto dio lugar a la pregunta que nos interesa actualmente:
«¿Qué producto voy a venderles?»

La población consumidora es un grupo insatisfecho
al que se le ha inculcado que debe comprar más,
la presión ejercida es descomunal.
Si bien en el pasado se trataba de resolver el cómo, ahora la respuesta está en buscar el qué;
las marcas se han apoderado de seguidores que esperan ansiosos a que el nuevo producto salga a la venta.
En el fanatismo de la era moderna ninguna sección de la población queda inmune,
siempre habrá un producto que se adapte a las «necesidades» de cualquier mentalidad.

Las imágenes son la forma más sencilla (y también eficaz) de llegar al subconsciente
(he ahí la popularidad y el éxito de los «memes»),
al cerebro le encanta procesar imágenes,
el 90% de su corteza es utilizada para esta actividad.
La publicidad, que es el diablo y uno muy listo, ha decidido ser principalmente visual.

La degradación hacia la persona en cada comercial es alta.
Analicemos con detenimiento,
siempre parten de anular y ridiculizar lo que ya eres,
para implantar un deseo en el futuro ser.
Es definitivo que el producto surgió de nuestra enajenación virtual con las redes sociales
y los cambios ideológicos que éstas han producido.
Como ser espectadores de estilos de vida en Instagram,
ser testigos de las tristezas en Twitter
y como depositar la autoestima en una foto de perfil en Facebook.

Sin percatarnos, (quizá por descuido)
hemos pasado de consumidores a productos.
Lucran con nosotros:
lo que nos venden son esperanzas, anhelos y expectativas que nosotros mismos nos forjamos.


Lo que pretendemos hacer al pararnos frente algún aparador es, en todo caso,
parecernos a lo que compramos.
Quizá por eso nunca estamos satisfechos.
¿Cuál es el costo?

Lo mejor que podemos hacer es romper el efecto poniendo mecanismos
(como la racionalización) para que el subconsciente se encuentre «a salvo»
y no nos sorprendamos en la necesidad de comprar una crema antiarrugas por miedo a envejecer.


Lo único que podemos hacer es comprar y consumir absolutamente todo,
que no quede ningún dólar sin gastar,
ninguna coca-cola sin beber,
y sobre todo; que no quede ninguna experiencia por la que no hayamos pagado, sin vivir.
¡Si pagamos por agua embotellada
exijamos que también se nos multe por asolearnos!

El televisor influye en nosotros desde que nos encontramos en el vientre materno.

Nos alimenta cual placenta.
Comenzamos a mirar el televisor desde muy temprana edad y no es hasta los 4 ó 6 años que podemos distinguir un comercial de un programa televisivo.
El celular es la televisión portátil.

¿No resulta entonces, interesante y sorprendente, la necesidad que sienten las personas de tener en sus casas una pantalla cada vez más grande?

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