Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Juglar de la Edad Entera

Yo soy un memorioso funesto.
Hago de toda nostalgia una dicha.
Siempre he tenido problemas de memoria:
recuerdo mucho.

Basta que sea testigo efímero del menor bien,
de la menor provocación,
para que yo,
tallador de letras,
erecte un soberbio monumento.

Basta que alcance a tocar con la mirada
el menor indicio de intimidad,
el menor vestigio de lo que me rodea,
para que yo,
el farsante de la vida,
provoque resurrecciones.

El peor y más cínico traficante es el poeta, pues explota su propio dolor.
Lo extirpa y lo exhibe para que todos puedan tocarlo y saborearlo.
Traficante de felicidades y de perversiones.

No he visto ningún rostro amado
más que en braille.
La impresión en mis cuadernos.
El relieve de las voces.
Los corazones que uno con engrudo y papel maché.
No existen, los he inventado.
Y matado.
Tu silueta es mi mano.
Como la telaraña es la mosca.

La única ventaja que obtuve mientras estuve viva fue la de poder adelantar a la tragedia y vislumbrarla antes de que sucediera.
Que en realidad fue maldición de vivir cada dolor dos veces.
En idea y en materialidad.

Soy lo que hace pasar a las cosas del no ser al ser.
Soy amarilla.
Como la nostalgia,
que no es el peor chantaje de la lejanía.
Mi intuición es más fuerte que cualquier -ismo.
Yo duermo para saber la verdad.

Soy también inocente, debido a la locura.
Soñé que hablaba.
Y quien me escuchaba enloquecía.
Por eso derramé miel en tus oídos.
Para que no puedas escucharme.
Y me da un alivio.
Confesar, que yo también estoy desnuda
desde hace tanta eternidad.

El triunfo de los placeres transitorios.
Siempre fue derrota.
He aquí,
el único talismán que poseemos
para cruzar este fango de espacio y tiempo:
una maldición.

La maldición bendita de
re-significar en cualquier dirección temporal.
Ya he sido pues, toda vejez y toda juventud.
He sido todos los amantes y todas las soledades.
Ya he sido todo lo que soy.
Sin desgastarme.

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