Mis manos están manchadas de sangre,
alrededor mío están apilados los cadáveres
de todas las veces que he muerto.
Mi lengua se ha vuelto arena
y en el aire sólo se respiran las cenizas
de todo aquello que tuvo que incendiarse para alumbrar.
Mi cuerpo está cansado de ese arrebato por correr
cuando la desesperación se hace estática.
He estado a punto de arrancarme los ojos
por todas las veces en las que el cielo los ha rechazado.
Ojos desorbitados
por todo el tiempo en que fueron obligados
a avanzar sin ninguna luz.
Sólo penumbra.
Son un espectáculo grotesco,
las ocasiones en las que debo danzar
para aliviar las heridas de mis pies.
Ampollas que surgen de la peregrinación
de mis pasos ascendiendo por el precipicio.
Observar
cómo arranco las costras
que la canícula deja como rastro en cada cambio de piel.
Cuando debo aullar para espantar dolores.
Observarme en estado natural
es palpar las contorsiones hechas por un ser primitivo.
Gesticulaciones de quién no conoce lenguaje.
Soy un salvaje.
La incertidumbre es uno de mis miedos más profundos.
Yo no he descubierto para qué sirve el fuego,
ni cómo mantenerlo vivo.
Yo me como al mundo crudo o lo incendio.
Crudo o lo incendio.
Crudo o lo incendio.
Crudo o lo incendio.
Crudo o lo incendio.
Crudo o lo incendio.
Crudo o lo incendio.

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