Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Saludismo radical

Los adioses.

Suelo evitar el contacto con mis semejantes porque sé que algo inevitablemente va a surgir del encuentro.
La consecuencia directa de la interacción es la transformación.
Espejismo del transcurrir del tiempo, del devenir.
Los elementos que nos componen y de los que somos responsables entran en movimiento.
Me gusta pensar en la idea de lo estático, como un alivio momentáneo de este torrente de sucesos que nos arrastra hacia otros presentes, siempre distintos.
Pero sólo soy una niña que aplaude al aire para apagar al sol.
Lo mejor es dejarse llevar por la ondulación de la situación que acontece.

Finalmente asistí a una reunión en la que, con el calor de las palabras y los alimentos, llegamos a la conclusión de ya no saludarnos.
Visualizamos que para iniciar cualquier contacto, es necesario el ritual del saludo.
Miradas que se encuentran y cuerpos dispuestos a dialogar no son suficientes, es imprescindible presentar nuestra voz antes de que arroje su decir.

Quitarse el sombrero para liberar el pensamiento.
Despedimos a los holas y a los hasta luegos.
Nos pareció risible anunciar que una conversación comienza o se difumina.

Hacer a un lado este aire convencional, nos permitiría mantener un diálogo permanente, aún siendo interrumpido por las solicitudes del tiempo.
Que dicha la de no interrumpir el pensamiento.

Fue casi imposible irse sin despedirse,

para todos,

excepto para mí.
A lo mejor es porque no sé cómo y nunca lo he hecho.

Me reconozco como un ser violento,
al entrar a la vida de un otro exijo la vida misma,
despojo,
transformo escandalosamente,
ocupo el mayor espacio posible,
lo infecto todo,

inundo,

me incrusto.


Soy estallido y calma.
Para asaltar la memoria y ser eterno no se requieren presentaciones.

En otros ocasos sucede que no sé cómo irme.
Pues siempre desconfío de lo efímero.
Nunca dejo ir a ningún presente.
Una vez dije: “déjame ponerte un nombre que rime con las aves” para no despedirme.
No sé dónde guardar los adioses.

Cuando falleció mi abuelo, negué su muerte.
Al cadáver de la abuela no quise verlo en el ataúd.
A la ausencia de mi tío la lloré meses después.
Y por venganza, sigo hablando de ellos como si siguiesen vivos.

Una vez deslicé debajo de la puerta una nota en sistema binario que decía:

Adiós tristeza, buenos días tristeza.
Nos agradecimos, confesamos y perdonamos todo.
Gracias turquesa.
Las despedidas no tienen por qué ser desastrosas, sino bellas. Las despedidas pueden ser.
Y qué bueno que hayan sido contigo.
Por mi bien.
Soy lo que he amado.
Gracias cielo.
Vida que aunque no fue mía, fui.
Resanador de mis fuerzas.
Cómplice.
Confidente.
Nos seguimos viendo en esta vida, distintos.
Sin pesares y con el tiempo como compañero.
Seguimos viendo esta vida.
Gracias piel.
Deseo.
Aventura.
Compañía.
Nos vemos luego.
Nos vemos luego.

Después amenacé desde una montaña:

Voy a hacer algo peor que eliminarte de lo que soy, no voy a privarte con mi ausencia.
Voy a estar más que presente.
Tú serás insignificante.
Un adorno cualquiera en el fondo de la escena.
No incendiemos tus poemas, te recomiendo que los tengas cerca para que te salvaguarden del silencio abismal que se aproxima.
Ni siquiera voy a callarte. Voy a jugar con la lejanía de tu voz. Efecto Doppler.
Algún día no me dará la gana escuchar.
Entre más cerrados se encuentren mis oídos más abierta estará tu boca.
Tenlo por seguro.
Te recomiendo que llores para que con ello humedezcas tu garganta.
No voy a mostrarte los efectos del olvido, eso no es nada.
Voy a mostrarte el poder mortal de la resignificación.

Todo ésto porque no sé decir adiós.

No sé decir adiós.
Porque soy la mujer que se queda.
Los vientos que pasan mientras se habla.
El rostro de la mirada triste y sin rumbo.
El pensamiento que tienes, pero que no recuerdas.

No sé decir adiós.

Porque soy una aparición,

apenas posible.

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