Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

De cómo no le puse café al azúcar de la mañana

Llevo un par de días pensando en una forma estética de transmitir una idea.
Y por pasar tanto tiempo pensando en cómo transmitir aquella idea,
sucede que la perdí,

ya no existe.
¡Milagro!


De la temporalidad es de lo que quería hablar.
El humano se está despidiendo en cada momento, es lo único que tiene.
El correr del tiempo, de su existencia.
Su lucha contra el olvido.
Sólo piensen en esto: incluso la muerte es temporal.

“Yo sólo sé que no sé nada”. Y también sé que sería buen consejo no intentar saberlo.
La miseria que escribe, no soy yo, pero lo dialogamos.

Silencio, algo que existía antes del inicio, no sordera.
Un silencio que no puede alcanzarse, hay un cuchicheo, un rechinar de dientes inconfundible que deja la muerte a su paso.
Un silencio que no es como lo definimos.

Mentira impúdica.

El café me gusta sin azúcar, así que le puse dos cucharadas al café de hoy.
Y mientras tomaba un sorbo me decidí a que estaba harta.
Harta del café con azúcar.
Harta de mi indiferencia ante mi ignorancia y del intelectualismo corrompido.
Harta del entretenimiento banal de los exitosos y de la aburrida abulia de los deprimidos.
Qué fastidio estar harto de uno mismo.

Si no estás dispuesto a habitar la profundidad del mar, que no te moleste beber sólo espuma.

La vida es motivo, excusa o pretexto.

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