Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

7 mujeres

I. CON RABIA
Esta mirada va y apunta a los feminicidas.
Que hasta este punto han logrado ser invisibles
invencibles.

Ocurre un feminicidio…
No. Ocurren 7 feminicidios diariamente.


Pero sólo uno o dos son elegidos para el consumo.
No todos son espectaculares.
Presurosa la prensa presuntuosa expone la brutalidad del asesinato.

Elegí hablar de los feminicidas porque ya no pude sostener la mirada en el cuerpo.
No pude seguir viendo las pilas de cadáveres.
El punto máximo de todas las muertes posibles: la física.
El grito último de todas las muertes simbólicas.

1 de cada 5 mujeres son abusadas sexualmente antes de los 15 años.
7 de cada 10 mujeres fuimos, somos o seremos abusadas sexualmente en algún punto de nuestra vida.
7 de cada 10.
Pero esto no es cuestión de cifras sino de vidas.

¿Cómo no estar muerto ya, cuando la carne, lo más íntimo, no es tuyo?
Pero no es suficiente.
No es suficiente ultrajar al cuerpo.
Hay que callarlo.

No pude ver más entes destripados.
Y comencé a acumular vómito entre los dientes.
No tenía que ocurrir ni una sola muerte para comprender nuestra situación.
No era necesario partir del miedo. Estar tan lejos. Pero quizá, sí lo era. Y lloré.

Estoy cansada del futuro, de la prevención:
Que no se vuelva a repetir. No tuvo siquiera que haber ocurrido.
Esto tiene que parar ahora. No tuvo por qué comenzar.
Puede sucederle a cualquiera. Antes que la empatía viene el alivio… pude haber sido yo.

¿Cómo creer en la justicia?
Si la justicia fuera tan buena y tan noble no llegaría al culpable, sino a quien la merece.
¿Cómo ser justo con quien no tiene vida?

La mujer, no descansa ni muerta.
Como si no fuese suficiente con su cuerpo, también es mutilada su imagen.
El asesino le arranca las ropas, pero es la sociedad quien le arranca intimidades: su rostro, su nombre, sus rutinas.
¿Y que tenemos del feminicida? Silencio.
No tenemos nombres. Ni rostros. Ni rutinas. Ni ropas. Ni intimidades.

Basta echar un ojo a los titulares.
Escuchar cómo la cultura narra, una cultura tan cuidadosa de su lenguaje pulcro, de pronto no sabe de gramática, sujeto-verbo-predicado.
En el relato de un feminicidio sólo aparece el predicado, que no ofende a nadie.
Decílo, decílo para que se desborde la rabia:
MUJER ES ASESINADA POR UN HOMBRE VIOLENTO Y LLENO DE ODIO.
No se encuentran cádaveres.
Decílo, Decílo para berrear hasta el hartazgo:
HOMBRE ASESINA A UNA MUJER A ANTOJO PLENO PORQUE PUEDE.

II. CON CLARIDAD
La sociedad entera es asesina.
Responsable y cómplice.

Por eso los sistemas de justicia lucen tan pequeños e impotentes,
¿Cómo repartirnos la culpa entre todos?

III. CON RESPONSABILIDAD
Se piensa en castigar.
Para satisfacer el morbo de otra forma.

La responsabilidad y el reparo va más allá del castigo.
Está en las miradas que vigilan las manos,
en las lenguas que coordinan las acciones,
y en los pensares que demarcan lo posible.

La responsabilidad es la educación sexual.
La responsabilidad es la denuncia.
Más allá de protocolos.
El reparo va más allá del placer.
El reparo exige una venganza fría contra la violencia: silenciarla.
Que la violencia estalle contra sí misma y se reclame:

cómo es posible su impunidad.

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