He de confesar que no tengo piedad al apostarme en el delirio de estar viva. Me entrego tanto al espacio que acontece hasta diluirme en una amorfidad inquietante. A causa del eterno traqueteo en mi ser-entropía, llegó el día en el que no pude continuar.
A falta de movimiento quise palpar mi cuerpo. Tranquilamente tomé asiento y buscando en mis bolsillos algunas gafas que me ayudaran a mirar me dije “¿Dónde han quedado mis manos?” pero no quise distraerme en ello y seguí hurgando. Al encontrar el valioso vidrio-artificio no tuve dónde colocarlo “¿Y mis ojos?” le pregunté al único cristal ocular, medio ciego, que colgaba de mi frente.
A falta de movimiento quise palpar mi cuerpo, y lo hallé mutilado. Despacio y sin pendiente, primero me aseguré de que no se tratara de la muerte. Un cadáver no tendría ningún anhelo por seguir vivo, me dije.
Seguí sentada, no por comodidad sino porque descubrí con espanto que tampoco mis pies quedaban en su lugar. Pensé. Pensé con palabras prestadas porque las mías también estaban perdidas.
¿Dónde perdí cada parte de lo que soy?
A mis manos las liberé cuando me convencí de que al mundo se le conoce recorriéndolo. Desde entonces deambulan y asaltan toda intimidad para tocarla.
A mis ojos los perdí en una noche triste cuando me convencí de que la mentira es el estado natural de las personas. Los arranqué de un sólo movimiento y por suerte tenía uno extra, con ese sobrevivo.
A mi olfato lo dejé en algún cigarrillo.
De mis cabellos no me acuerdo.
Mis oídos están medio olvidados en algún diálogo sin sentido.
A mi vientre lo dejé dormido en alguna cama.
A mis rodillas las vendí a algunos dolores para que hagan penitencia.
Mis entrañas son ofrenda para que los miedos puedan alimentarse.
A mis huesos los prometí como esqueleto.
A mis pensamientos los rompí un día que jugaba con la locura.
A mis amores los traicioné.
A la esperanza tuve que perderla para encontrarla.
Y a mi tristeza la maté en alguna borrachera.
Me decidí a recuperar uno a uno mis sentidos.
Con un alarido reuniéronse todas mis partes pero no sabían dónde colocarse. Esperamos a encontrarnos con algún caminante para recordar el orden de las cosas: ¡Hey, amigo! ¿Dónde va la cabeza? le dije.
Triunfante por recuperar mi imagen quise alabarme. Pero antes de que el espejo pudiese reflejarme, mis manos ya corrían cuesta abajo por un nuevo precipicio para palpar sus profundidades.
Siempre he estado conforme con las posibilidades en las que me expreso, porque yo las creo. Me creo. Me convenzo:
Faltándome la posesión es como puedo tenerme.

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