Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Las vidas que no importan

Las voces que nunca hablan.

La humanidad es un contraste perpetuo.                                                                                                   
En toda su acción y presencia hay algo que siempre se remite al silencio.
No al silencio emancipador de la muerte o del olvido.
Se trata de un silencio aplastante:
El sonido de lo insignificante al querer verbalizarse.
Una lengua se paraliza automáticamente cuando nos es indiferente.                                         
Una existencia no termina de declararse cuando no se configura por voluntad de un otro.
Así comienza la lucha encarnizada por el reconocimiento: los espejos se llenan de ojos,  las lenguas salivan adulaciones,  los oídos se agudizan ante cualquier mínimo susurro de empatía y las manos se juntan para implorar compañía.

La soledad se vuelve un espacio en el que nadie quiere permanecer.                                                                                                                            
No hay peor desgracia, para el ente del espectáculo, que el abandono de la audiencia.               
No hay nada más trágico que tener que validarse sin la muchedumbre.
La tiranía de lo que no nos ve.                                                           

La mirada es defectuosa y la iluminación no es suficiente.                                                          
Lo que se envuelve en sombras recibe muchos nombres. 
Muchísimos:
Mujer, por ejemplo. 
Refugiado. Discapacitado. Loco. Pobre. Anciano. Ignorante. Esclavo. Prostituta. Desaparecido. Preso. Drogadicto. Callejero. Infante... 
Incluso aquellos que buscan un poco de los beneficios de la visibilidad son llamados Ilegales.
 
Son llamados o son muertos.                      
¿Te imaginas? 

Es ilegal y penado querer la vida prometida.                                                            
Prohibido tratar de alcanzar la dicha por la que este sistema nos hace cometer tantos sacrificios.                                         
Todo lo que conocemos se edifica sobre cadáveres.                                                                      
Todo lo dicho, encubre a las voces enmudecidas.  
                                                                             
La pulcritud de la civilización no sería posible sin la podredumbre que se desplaza a los lados y que inunda a los indefensos. 
Los paralizados. Los enfermos. Los inexistentes.        

¿Sobre cuántos rostros caminas tú para vivir la vida que disfrutas?                                      
¿Cuántos nombres aniquilas?                                                                                                          
¿Sobre cuántos corazones defecas para llevar las entrañas limpias?

Llegará el momento. 
La situación te espera y te busca:

Cuando tú, como yo y como otros, estés en una esfera que existe pero de la que nadie habla, por la que nadie llora, ni grita, ni se desgarra, ni se alarma. 
Una esfera que parece siempre ajena.                                               

Serás desplazado, humillado, azotado.... sin ser mártir. Serás despojado, desterrado, anulado. 
Serás otro de eso seres que no se miran, que no deben verse.        
La situación te espera y ya estarás en ella:
Cuando pertenezcas a ese cúmulo de vidas que no importan.

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