Las palabras son moscas

Se aplican dosis de cinismo sin anestesia.

Las palabras son moscas

Habrá tantas según el grado de descomposición del cuerpo del que provienen y rondan. Hay quienes aman tanto tener el zumbido cerca que incluso, les han enseñado a danzar para que cubran sus rostros con tanto aleteo.

Por mi parte prefiero mantener la boca cerrada, por eso mis moscas se han vuelto más agresivas. No las dejo salir y luchamos hasta que escupo su cadáver: un pequeño punto negro en la palma de mi mano, un poco menos repulsiva al no contaminar el aire y un poco más comprensible en cuanto muerta. 

Pero soy un ente lleno de historias, inevitablemente habrá alguna que salga de mis labios con su zumbido aturdidor. Entonces debo aplastarla con una palmada. La contemplo destripada con su bilis negra derramada por todas partes y sus soberbias intenciones cuajadas con sangre fresca. Limpio mi mano y continúo sentado, expectante de la muerte en silencio. 

Dentro de esas historias se encuentran mis recuerdos ancestrales.

Por ejemplo, en aquella fallida construcción de la Torre de Babel yo fui el primer mudo, que después calificaron de sordo. No es que no pudiera hablar; es que parecía no escucharlos.

Pero la que más recuerdo es aquella historia del diluvio. Cuando unos hombres corrían desesperados pidiendo manos que trabajasen para construir un arca, y yo no me moví. Me decía el anciano encargado: «Ya veréis la ira de Dios, ya veréis».

Se ha dicho que la vista es el sentido más importante, pero a mí siempre me ha dado la impresión de que en realidad recorremos todo con la yema de los dedos. Como si para llenar la existencia, necesitáramos del tacto.

Así que miré al pequeño hombre gritándome sus amenazas: 

—¡Ya veréis la furia de Dios, se descargará sobre vosotros, ya veréis!

—¿Verla? Voy a sentirla, viejo loco, no puedo conformarme con ver cómo hace llover, tengo que mojarme. 

—Os exterminará.

—¿No se trata de eso el sentir dicha furia? —y me senté tranquilamente a esperar.

Llegó el diluvio y el agua cubrió nuestros pies, pues fuimos muchos los que no creímos en sus palabras.

Pronto nuestro cuerpo fue limpio y absorbido por el agua. Al fluir ésta por nuestros oídos y pulmones comprendimos lo que Dios gritaba «Ocultaos si tenéis miedo. Aquellos que teméis ocultad vuestra fragilidad en un arca, los demás seremos agua. ¿Qué sabréis vosotros de ser agua pequeñas figuras de barro? Ocultaos».

Y reímos a carcajadas, antes de no ser más que líquido.

(Dios no habla)

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